Por Manolo Fernández D. MV, MSc, PhD h.c
Vivimos en una época extraña. La humanidad presume de modernidad: celulares inteligentes, medicina de alta tecnología, inteligencia artificial, viajes espaciales. Pero en el fondo hay una verdad incómoda que casi nadie quiere decir en voz alta: la mayoría de personas no entiende lo más básico de la vida, su propio cuerpo. Lo peor es que la ignorancia no es exclusiva de los pobres. En esta tragedia moderna ocurre una paradoja: muchas veces el nivel de desconocimiento fisiológico y nutricional en un ciudadano con altos recursos es casi el mismo que en uno con bajos recursos. Cambia la ropa, cambia el barrio, cambia el auto; pero no cambia la comprensión esencial de lo que comemos, cómo nos afecta, cómo nos enferma, cómo nos envejece o cómo nos puede salvar. La diferencia casi siempre no es el conocimiento, sino el acceso: uno puede pagar clínica y medicamentos; el otro no.
Existe una ignorancia normal por no saber historia, no saber matemáticas o no entender política internacional. Pero hay una ignorancia más grave y más silenciosa: la de no saber cómo funciona el cuerpo humano. Y es grave porque aquí no hablamos de un tema académico, sino de supervivencia. Pocos entienden que el cuerpo no “come comida”; el cuerpo procesa moléculas, rutas metabólicas, señales hormonales, inflamación o reparación. Cada alimento que entra por la boca no es un simple placer: es una decisión biológica con consecuencias. Sin embargo, la mayoría come como si el cuerpo fuera invencible; como si el metabolismo fuera magia; como si el hígado fuera eterno; como si el páncreas tuviera repuestos; como si las arterias se limpiaran solas. Y luego nos sorprendemos cuando aparecen las epidemias modernas: obesidad, diabetes, hipertensión, hígado graso, cánceres vinculados al estilo de vida, depresión, ansiedad, insomnio y fatiga crónica.
El metabolismo es la ciencia más subestimada del mundo, aunque de él depende la vida. Metabolismo es el conjunto de procesos con los que el cuerpo convierte alimentos en energía, tejidos, hormonas y defensas. Para entenderlo basta una idea central: catabolismo, cuando el cuerpo degrada sustancias para obtener energía; anabolismo, cuando el cuerpo construye y repara tejidos. En otras palabras, el cuerpo es una economía y el metabolismo es su sistema financiero. Si comes mal, pagas caro; si comes bien, inviertes en salud. Pero nadie enseña esto de manera masiva. Se habla de nutrición como si fuera un lujo, un tema de fitness o de moda, cuando debería ser un derecho y un eje central de la educación pública.
Aquí aparece una falla estructural. La medicina moderna suele tratar enfermedades sin corregir lo que las alimenta. Se receta para la presión, pero no se educa sobre sodio, inflamación o resistencia a la insulina. Se medica la diabetes, pero no se corrige el exceso crónico de azúcar, el daño metabólico o la obesidad visceral. Se combate el colesterol como si fuera un enemigo absoluto, sin explicar el verdadero problema de la inflamación sostenida, el estrés oxidativo y la mala calidad alimentaria. La medicina ha sido brillante en emergencias, cirugía, antibióticos y diagnóstico; pero en la vida cotidiana muchas veces ha fallado en lo esencial al no enseñar a vivir para no enfermar. Por eso el paciente vuelve y vuelve y vuelve: con receta, sin educación, con más daño acumulado.
Pero este asunto no es solo biología; es poder. Porque quien controla la comida controla cuerpos, y quien controla cuerpos controla sociedades. El hambre ha sido usada históricamente como herramienta de sometimiento, no solo por falta de alimentos, sino por falta de justicia. Un pueblo hambriento no discute filosofía ni exige reformas; un pueblo hambriento negocia su dignidad por supervivencia. Por eso el hambre es rentable: mueve votos, compra silencios, sostiene clientelismo y justifica corrupción. La comida, en vez de ser una política de vida, se convierte en instrumento político: se reparte, se administra, se promete; se usa como cadena invisible. Mientras tanto, nadie discute lo esencial: educación, producción, soberanía alimentaria y calidad nutricional.
Desde siempre, la comida ha sido centro de la vida social. Con comida se recibe al visitante; con comida se celebra el matrimonio; con comida se agradece, se honra y se festeja. La comida une, la comida es cultura, la comida es identidad. Pero también puede destruir. Hoy, la industria alimentaria ha convertido el alimento en un producto diseñado para el consumo, no para la salud. Mucha comida moderna no busca nutrir; busca enganchar, vender y repetir. Comemos más, pero estamos más enfermos; comemos más, pero estamos más cansados; comemos más, pero vivimos menos saludables.
La ciencia ha confirmado lo que el cuerpo siempre supo: la salud no empieza en el hospital, empieza en el intestino. Hoy se habla del eje intestino-cerebro, la conexión del tubo digestivo con el sistema nervioso a través del nervio vago. Se habla de la microbiota intestinal como un órgano invisible que regula inflamación, inmunidad, metabolismo, estado de ánimo, ansiedad, depresión y envejecimiento. El ser humano moderno cree que es un individuo, pero en realidad es un ecosistema. Y si ese ecosistema se destruye con mala alimentación, estrés, sedentarismo y ultraprocesados, el cuerpo entero paga la factura.
Entonces la pregunta real no es por qué la gente no sabe. La pregunta es: ¿a quién le conviene que la gente no sepa? Un pueblo que entiende metabolismo exige comida real, cuestiona el azúcar escondido, rechaza el engaño del marketing, previene enfermedades, gasta menos en medicamentos y vive más. Y un pueblo que vive más y piensa mejor no es fácil de manipular. La verdadera desigualdad no es solo económica; es biológica, educativa y metabólica. La ignorancia sobre el cuerpo es una forma moderna de pobreza, y lo más doloroso es que esa pobreza se ha normalizado, se ha hecho costumbre, se ha hecho sistema.
Podemos seguir avanzando tecnológicamente mientras retrocedemos fisiológicamente hacia más obesidad, más diabetes, más hipertensión, más cáncer, más depresión y más juventud enferma. O podemos iniciar una revolución silenciosa educando a la población en lo más importante: cómo funciona su cuerpo y cómo se sostiene la vida. Porque, al final, la riqueza no es el dinero, no es el cargo, no es el poder. La verdadera riqueza es tener un cuerpo que funcione y saber cómo cuidarlo.
Fuente: CanalB
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