Por Alfonso Baella Herrera, director de CanalB
Setenta días no son nada en la vida de un país. Y, sin embargo, pueden serlo todo.
Faltando ese mismo tramo antes de las elecciones del 11 de abril de 2021, las pantallas y portadas ya nos ofrecían una película aparentemente definida. Las encuestadoras más mediáticas, con la solemnidad de quien dicta sentencia, distribuían el futuro en gráficos de colores. Allí desfilaban nombres como Yonhy Lescano, Hernando de Soto, Verónika Mendoza, George Forsyth, Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga, Pedro Castillo, Daniel Urresti, César Acuña, Alberto Beingolea, Ollanta Humala, Julio Guzmán, Daniel Salaverry y varios más. Parecía un menú cerrado. Un reparto casi definitivo. Nada hacía presagiar el desenlace real, ni el vértigo institucional que vendría después.
Hoy, cinco años más tarde, volvemos a estar a 70 días del abismo y de la esperanza. Los rostros han cambiado —o algunos han vuelto—: Rafael López Aliaga, Keiko Fujimori, Carlos Álvarez, Alfonso López Chau, Yonhy Lescano, George Forsyth, César Acuña, Ricardo Belmont, Fernando Olivera, Vladimir Cerrón y otros nombres que pugnan por no perderse entre 36 candidaturas presidenciales. Es una cifra que no habla de vitalidad democrática, sino de fragmentación, de dispersión, de un sistema que no logra ordenar su propia oferta. La escenografía es distinta; la incertidumbre, la misma.
A 70 días, hay tres preguntas que deberían inquietarnos más que cualquier encuesta o debate.
Primera: ¿conocemos realmente las propuestas de fondo frente a los tres nudos que estrangulan la vida nacional —inseguridad, corrupción e hipertrofia del Estado—? No consignas, no adjetivos, no indignaciones performáticas. Propuestas operativas: reforma policial y penitenciaria, rediseño del sistema de justicia, simplificación regulatoria, reforma del servicio civil, cirugía al gasto público. Si el elector no puede explicar en dos minutos qué hará su candidato frente a estos tres males, no está eligiendo un programa: está apostando a una emoción.
Segunda: ¿entre los diez primeros en las encuestas estarán los que definan la segunda vuelta? La experiencia reciente nos obliga a la prudencia. El Perú ha demostrado que puede producir irrupciones súbitas, candidaturas que crecen en silencio, oleadas que no siempre registran los radares convencionales. Cuando el voto es volátil, el “sentido común” electoral suele ser el primer engañado. Y cuando el resultado sorprende, el país paga el costo de no haber escrutado a tiempo a quien terminó gobernándolo.
Tercera: ¿qué papel jugarán las economías ilegales? Narcotráfico, minería ilegal, contrabando, trata, redes de corrupción territorial. No son fenómenos marginales; son estructuras con liquidez, organización y capacidad de influencia. En un escenario atomizado, con campañas débiles y partidos frágiles, el dinero oscuro encuentra más puertas abiertas. Y cada puerta que se abre en campaña se convierte luego en una factura que el Estado deberá pagar.
La conclusión, a 70 días, es incómoda y conocida: no sabemos quién gobernará el Perú en el próximo quinquenio. Y, probablemente, volveremos a decir la noche de la primera vuelta: “nadie lo vio venir”.
Pero esta vez el contexto es paradójico. El país atraviesa uno de sus mejores momentos objetivos en décadas. El Perú, y más aún el Pacífico, son hoy un escenario clave en la competencia geopolítica entre China y Estados Unidos. Los intereses comerciales y estratégicos de ambas potencias se cruzan en el continente: China invierte en infraestructura, en puertos, en corredores bioceánicos, mientras EE.UU. busca consolidar su influencia en un hemisferio que considera estratégico. En medio de estas fuerzas, el Perú no es solo un votante en su cabina: es un actor en un tablero global.
La elección de abril no solo definirá políticas domésticas; definirá con qué visión y con qué aliados nos insertaremos en un mundo en disputa. La clase dirigente y el elector deben entender que el Perú ya no elige en el vacío: el timón que tomemos repercutirá en cómo navegamos entre gigantes. Y en esa travesía, el país no puede ser ni rehén de intereses ajenos ni víctima de improvisaciones propias. Es hora de elegir con horizonte.
Por eso, esta columna no es solo un recuento; es una advertencia también a los medios de comunicación. En una democracia frágil, fragmentada y saturada de ruido, los medios no son simples narradores del proceso, sino intermediarios decisivos entre la realidad y la conciencia pública, pues a través de ellos millones de ciudadanos —sin tiempo ni herramientas para auditar discursos, cifras o antecedentes— forman su percepción de lo que está en juego. Por eso, cuando trivializan, sobreactúan, sesgan o actúan como operadores políticos, no solo distorsionan la conversación, sino que influyen directamente en el destino del país.
Hoy deben entender que no cubren una campaña más, sino un momento bisagra en el que el Perú, con viento económico a favor pero con instituciones débiles y amenazas internas crecientes, puede consolidar su rumbo o volver a extraviarse. Esto exige profesionalismo real, independencia efectiva y un sentido patriótico que ponga el interés nacional por encima de agendas, simpatías o presiones.
Setenta días pasan rápido. Pero sus efectos pueden durar generaciones.
Fuente: CanalB
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