Opinión

Las mil caras del comunismo; por Augusto Cáceres Viñas

Publicado el 02 de junio de 2026

Por Augusto Cáceres Viñas, médico y gestor público

 

Lo que está realmente en juego en el Perú


Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989, gran parte del mundo creyó que el comunismo había sido derrotado.


Dos años después desapareció la Unión Soviética.


El sistema que durante siete décadas había pretendido construir una sociedad más justa se derrumbó víctima de sus propias contradicciones económicas, políticas y sociales.


Muchos concluyeron entonces que el comunismo había muerto.


La historia demostró que estaban equivocados.


Las ideologías rara vez desaparecen.


Se transforman.


Y pocas han demostrado una capacidad de adaptación tan extraordinaria como el comunismo.


Durante el siglo XX se presentó sucesivamente como marxismo, leninismo, estalinismo, maoísmo, castrismo y diversas variantes revolucionarias.


Pero tras la caída del bloque soviético comprendió que debía cambiar si quería sobrevivir.


Abandonó símbolos.


Cambió el lenguaje.


Modificó sus estrategias.


Y encontró nuevos caminos para mantener vivas muchas de sus ideas fundamentales.


La victoria de Gramsci


Mientras Lenin apostó por la toma del poder político, Antonio Gramsci planteó una estrategia diferente.


La verdadera revolución, sostenía, debía comenzar conquistando la cultura.


Las universidades.


Los medios de comunicación.


Los sindicatos.


Los centros educativos.


Las organizaciones sociales.


La batalla principal no debía librarse únicamente en el Estado.


Debía librarse en las ideas.


Décadas después, cuando la revolución soviética colapsó, esa visión adquirió una importancia inesperada.


Las viejas banderas fueron reemplazadas por nuevos discursos.


La lucha de clases dejó de ser la única narrativa.


Aparecieron nuevas causas y nuevos actores.


La revolución económica fue sustituida por una disputa cultural mucho más amplia.


América Latina y el Socialismo del Siglo XXI


En nuestra región la adaptación tomó otra forma.


Hugo Chávez comprendió que el comunismo tradicional tenía escasas posibilidades electorales.


Por ello creó una nueva marca política: el Socialismo del Siglo XXI.


El nombre era nuevo.


Las ideas no tanto.


Mayor intervención estatal.


Control de recursos estratégicos.


Asambleas constituyentes.


Concentración progresiva del poder.


Narrativas de confrontación entre élites y pueblo.


Crítica permanente al modelo económico liberal.


El resultado es conocido.


Venezuela pasó de ser uno de los países más ricos de América Latina a protagonizar uno de los mayores éxodos humanos de la historia moderna.


El caso peruano


Muchos peruanos creen que estas discusiones pertenecen al pasado.


No es así.


La elección de 2026 ha vuelto a poner sobre la mesa un debate que parecía superado.


Diversos sectores políticos agrupados alrededor de Juntos por el Perú y de sus aliados sostienen propuestas que guardan semejanzas evidentes con las corrientes ideológicas que dominaron la izquierda latinoamericana durante las últimas décadas.


Asamblea Constituyente.


Estado plurinacional.


Mayor protagonismo económico del Estado.


Revisión del modelo económico.


Nueva arquitectura institucional.


Reivindicación de conceptos desarrollados ampliamente por el Socialismo del Siglo XXI.


Naturalmente, muchos de sus dirigentes rechazan ser definidos como marxistas.


Algunos se presentan como progresistas.


Otros como nacionalistas.


Otros como representantes de una izquierda democrática.


Otros incluso como fuerzas de centro.


Sin embargo, el debate importante no es cómo se autodefinen.


La pregunta relevante es otra:


¿Cuál es el origen intelectual de las ideas que proponen?


Porque las ideas tienen historia.


Y las propuestas políticas también tienen genealogía.


Más allá de las etiquetas


La discusión no consiste en determinar si una persona ha leído a Marx o si milita en un partido comunista.


La cuestión consiste en identificar qué principios inspiran determinadas propuestas.


Cuando se plantea una expansión permanente del Estado.


Cuando se promueve una visión de la sociedad basada en conflictos estructurales entre grupos.


Cuando se cuestiona sistemáticamente la economía de mercado.


Cuando se propone una profunda transformación constitucional orientada a redefinir las relaciones entre Estado, sociedad y economía.


Resulta legítimo preguntarse de dónde provienen esas ideas.


Y la respuesta conduce inevitablemente a tradiciones intelectuales que han acompañado a la izquierda latinoamericana durante más de un siglo.


Lo que realmente está en juego


La elección del 7 de junio no enfrenta únicamente a candidatos.


Enfrenta visiones de país.


Por un lado, quienes consideran que el Perú debe corregir sus enormes problemas fortaleciendo la democracia liberal, la economía social de mercado, la inversión, la institucionalidad y las libertades individuales.


Por otro, quienes creen que la solución pasa por aumentar el papel del Estado, redefinir las bases constitucionales de la República y avanzar hacia modelos inspirados en experiencias políticas que han predominado en buena parte de la izquierda latinoamericana contemporánea.


Los peruanos tienen derecho a conocer ese debate.


Tienen derecho a saber de dónde vienen las ideas que se les proponen.


Y tienen derecho a evaluar no sólo las promesas, sino también los antecedentes históricos de los modelos que se les ofrecen.


Porque las ideologías cambian de nombre.


Cambian de símbolos.


Cambian de líderes.


Pero rara vez abandonan sus ideas fundamentales.


Esa es la razón por la cual, más de cien años después de la Revolución Rusa, sigue siendo necesario hablar de las mil caras del comunismo.


No para discutir el pasado.


Sino para comprender el presente y decidir el futuro.

 

 

 

Fuente: CanalB

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