Por Berit Knudsen, publicado en Expreso
Las elecciones presidenciales peruanas de 2026 podrían convertirse en un interesante caso de estudio sobre uno de los fenómenos más conocidos de la psicología política: la paradoja de la victoria anticipada. La noche del 7 de junio, el conteo rápido de Ipsos y Transparencia otorgó a Roberto Sánchez una ventaja de 50.3% frente a 49.7% para Keiko Fujimori. Con un margen de error de ±1.9%, el resultado constituía un empate estadístico. Pero en política, la percepción pesa tanto como los números.
Sánchez apareció en un balconazo ante sus seguidores afirmando que existía una ventaja importante a su favor. Fujimori evitó proclamarse vencedora, pidiendo prudencia hasta el resultado oficial.
Ese momento construye la narrativa que marcaría el desarrollo de la semana. Los primeros resultados de la ONPE favorecieron a Fujimori, con la rápida incorporación de Lima, Callao y zonas urbanas. Pero conforme ingresaban las actas del sur andino, Sánchez redujo la distancia hasta tomar la delantera. Durante varios días lideró el escrutinio, llegando a superar a Keiko por unos 40,000 votos. El mapa electoral reforzaba la percepción. Puno, Cusco, Apurímac, Ayacucho, Huancavelica y la sierra aparecían alineados con su candidatura, reproduciendo la geografía política que respaldó a Pedro Castillo en 2021.
La situación cambia con los votos del exterior y actas pendientes. La ventaja de Sánchez se reduce hasta desaparecer, permitiendo a Fujimori recuperar el liderazgo. Mas aún, las actas observadas bajo revisión del Jurado Electoral Especial se concentran en Lima, Callao, el extranjero y jurisdicciones donde Fujimori obtuvo resultados superiores a los de su adversario. El proceso no ha concluido, pero la dirección de la tendencia modificó expectativas construidas en días previos.
Lo ocurrido encuentra explicación en un fenómeno estudiado por Daniel Kahneman y Amos Tversky bajo el concepto de aversión a la pérdida. Las personas experimentan con mayor intensidad el dolor de perder algo que consideran propio, que la satisfacción de obtener una ganancia equivalente. En política sucede algo similar. Cuando una candidatura parece encaminada al triunfo por varios días, la expectativa de victoria deja de ser una posibilidad, se transforma en percepción de derecho adquirido. La sensación de “podemos ganar”, se convierte en “ya ganamos”. Pero cuando la realidad toma otro rumbo, la impresión es que algo ha sido arrebatado.
La particularidad de esta elección es que ambos sectores se sintieron vencedores, en distintos momentos. Los partidarios de Fujimori perciben que lideraron los primeros resultados oficiales y las actas pendientes siguen favoreciéndolos geográficamente. Los seguidores de Sánchez sienten que su candidato se presentó públicamente como ganador la noche electoral y encabezaron el escrutinio por varios días.
La sucesión de cambios convierte a esta elección en un caso inusual. La disputa no gira alrededor de los votos; sino alrededor de expectativas generadas por los votos.
En ese contexto, el riesgo no parece ser una crisis nacional de la magnitud observada tras el fallido golpe de Estado de Pedro Castillo. Aquella coyuntura combinó destitución presidencial, sucesión cuestionada, demandas acumuladas y una profunda polarización. Sin embargo, tampoco puede descartarse la aparición de protestas regionales, bloqueos temporales o violencia focalizada en zonas donde Sánchez obtuvo respaldo. La frustración política encuentra terreno fértil cuando se instala una expectativa intensa de victoria.
La verdadera incógnita no es matemática. Es política. Más allá de quién sea proclamado presidente, la estabilidad de las próximas semanas dependerá de la capacidad de los líderes políticos para administrar las expectativas construidas.
Las elecciones no terminan con el conteo de votos. Concluye cuando la sociedad acepta el resultado.
Fuente: CanalB
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