Opinión

Keiko y la paciencia de la historia; por Martha Meier M.Q.

Publicado el 15 de junio de 2026

Por Martha Meier M.Q., publicado en Expreso

 

Hay algo que desconcierta a buena parte de las élites políticas, académicas y mediáticas del Perú. No logran comprender cómo una mujer que ha sido atacada durante más de veinticinco años, que perdió tres elecciones presidenciales —dos de ellas aparentemente por fraude— y que ha sido objeto de una campaña de satanización sin precedentes en nuestra historia republicana, continúa disputando el poder y está ahora a un paso de alcanzar la Presidencia de la República, de convertirse en la primera mujer presidenta electa del Perú.
 

La explicación no está en Keiko Fujimori. Está en el Perú. Durante décadas se ha intentado convencer a millones de ciudadanos de que el fujimorismo fue apenas un accidente histórico, pero los hechos dicen otra cosa. Treinta y seis años después de la elección de Alberto Fujimori, el movimiento político que su hija refundó como partido político organizado sigue siendo una de las principales fuerzas del país. Ninguna otra corriente política peruana contemporánea puede exhibir una vigencia semejante.


¿Por qué? Porque para millones de peruanos el fujimorismo no representa una teoría política ni una discusión académica. Representa memoria: la memoria de la derrota del terrorismo, de la recuperación de una economía devastada por la hiperinflación y del inicio de una etapa de crecimiento que transformó profundamente al país.


Las élites suelen subestimar el poder de la memoria popular. Creen que basta repetir una narrativa durante años para modificar la experiencia vivida por millones de personas.


Keiko Fujimori ha entendido algo que muchos de sus adversarios jamás comprendieron: la política consiste en interpretar las aspiraciones reales de los ciudadanos y no los deseos de las élites. Mientras otros hablaban el lenguaje de las redes sociales, ella también lo hizo, pero siguió recorriendo mercados, pueblos y barrios, de casa en casa, donde todavía existe una valoración positiva de la obra realizada durante los años noventa y un agradecimiento profundo por lo que hizo su padre.


Su principal virtud política no es la resistencia, aunque la posee. Tampoco la disciplina, aunque nadie puede negársela. Su gran virtud es la determinación.


Pocas figuras públicas habrían soportado tres derrotas presidenciales, años de procesos judiciales, prisión preventiva y una hostilidad permanente sin abandonar la vida pública. Ella se mantuvo en una situación que otros habrían dejado de lado.


Esa capacidad de persistir revela una convicción profunda sobre el papel que siente que le toca desempeñar en la historia peruana.


Quizás por eso sus adversarios nunca lograron derrotarla: porque no enfrentan únicamente a una candidata, sino a una fuerza social que durante décadas ha sobrevivido a los ataques permanentes por un cuarto de siglo.


La historia tiene una curiosa tendencia a favorecer a quienes poseen una virtud cada vez más escasa en nuestro tiempo: la voluntad de seguir adelante cuando todos los demás han decidido rendirse o venderse.


La presidencia de Keiko llega con todo lo bueno que hizo su padre, pero sin los errores. Probablemente, entonces, quienes la repudian, vencidos por la realidad, entenderán cuánto tiempo perdieron odiándola.

 

 

 

Fuente: CanalB

Noticias relacionadas

Escribe un comentarios
Últimas publicaciones