Por Emilio Rossi Ferreyros, abogado y candidato a diputado con el N° 4 por País para Todos
Publicado en La Noticia
Hay heridas que un país no muestra en las cifras. No aparecen en el presupuesto nacional ni en los informes de ejecución del gasto, pero están ahí, silenciosas y profundas, en la mirada cansada de una madre que espera horas en un hospital público con su hijo en brazos, en el frío de un anciano que pasa la noche en una silla porque no hay una cama disponible, en la resignación de un niño que estudia en un colegio sin agua, sin libros y, a veces, sin esperanza.
Cada vez que el dinero del Estado se usa mal, no solo desaparecen recursos: se apaga una posibilidad de vida digna. Ese dinero no es una cifra abstracta ni una discusión reservada para técnicos o políticos. Es el desayuno que un niño no recibió, la medicina que no llegó a tiempo, la obra inconclusa que condenó a un barrio entero a seguir viviendo entre polvo, barro y abandono.
Lo más doloroso no es solo el abuso de quienes administran mal lo público, sino que, poco a poco, nos hemos acostumbrado. Hemos hecho de la indignación una rutina y del escándalo una costumbre. Un país empieza a romperse por dentro cuando deja de dolerle el sufrimiento ajeno y cuando la política deja de entenderse como el instrumento más noble para proteger la dignidad humana.
El Perú no necesita destruir lo que le ha dado estabilidad; necesita convertir esa estabilidad en bienestar real. El problema no está en el modelo, sino en la incapacidad de ejecutar, de gestionar con eficiencia y de transformar el presupuesto en productividad, servicios públicos y oportunidades concretas para la gente. Cada sol del Estado debe sentirse en una cama hospitalaria, en una escuela digna, en una carretera terminada, en seguridad y en empleo.
Por eso el cambio que necesitamos es más profundo que la protesta momentánea. Requiere ciudadanos comprometidos, personas dispuestas a involucrarse, a militar en ideas, a defender principios y a participar activamente en la reconstrucción democrática del país. Porque el Perú no solo se rompe por la corrupción o la mala gestión; también se rompe cuando la gente buena decide no participar. Quizá ha llegado la hora de que esa gente buena dé un paso al frente.
Fuente: CanalB
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