Por Augusto Cáceres Viñas
La política del pánico frente a una crisis que no existe.
La explosión de un tramo del gasoducto de Camisea y la interrupción temporal del suministro de gas hacia Lima han sido suficientes para que el gobierno reaccione exactamente como ya lo hizo frente a la pandemia: con pánico, improvisación y ausencia total de liderazgo.
En lugar de informar con serenidad, actuar con rapidez y resolver una contingencia que probablemente será superada en pocas semanas, el gobierno ha optado por el camino más fácil y más dañino: asustar a la población.
La receta es conocida.
Enciérrense.
Paralicen el país.
Entren en pánico.
Es, otra vez, la política del avestruz.
Aquella pandemia que, además de cobrarse miles de vidas, desnudó nuestras profundas falencias institucionales y nuestras miserias políticas. Nos mostró con crudeza la inexistencia real de un sistema de salud sólido y reveló que la educación remota terminó siendo, en la práctica, una farsa que hundió aún más en el analfabetismo funcional a millones de niños y jóvenes peruanos.
Entonces surge la pregunta inevitable:
¿Qué nos pasó y qué nos sigue pasando?
Ante las crisis —grandes o pequeñas, de cualquier índole o magnitud— la verdadera capacidad de los líderes de una nación se revela con claridad.
Cuando existen liderazgo, temple y lucidez, los gobernantes transmiten serenidad a sus ciudadanos. Inspiran confianza, ordenan las acciones y hacen que la población enfrente las dificultades con tranquilidad y esperanza.
Pero cuando ocurre lo contrario —cuando imperan la incapacidad, la cobardía, la mediocridad o la improvisación— lo que se contagia es el miedo, la confusión y la parálisis.
Eso fue lo que ocurrió durante la pandemia. Y eso es lo que podría volver a ocurrir hoy, ante esta inexistente crisis por la falta de gas.
Conviene preguntarse con serenidad:
¿Qué hay realmente de cierto en todo esto?
Es cierto que el Perú no cuenta con una tubería de respaldo en el sistema que transporta el gas de Camisea. El segundo ducto que debió construirse en 2017 —en el marco del proyecto adjudicado a Odebrecht— quedó abandonado cuando se descubrió la corrupción que rodeaba ese proceso.
También es cierto que ninguno de los gobiernos posteriores se preocupó por exigir a la empresa transportadora de gas que construyera un sistema de respaldo o que dispusiera de un mecanismo alternativo de contingencia.
Es cierto, además, que en un afán más populista que técnico se impulsó el cambio de matriz energética en múltiples sectores, obligando a muchas empresas a sustituir el diésel por gas natural sin prever escenarios de emergencia como el que hoy enfrentamos.
Lo mismo ocurrió con el transporte público, con miles de taxistas, con las centrales termoeléctricas y con diversos sistemas energéticos, especialmente en Lima.
Es igualmente cierto que los gobiernos de los últimos años —plagados de incapaces, populistas, arribistas y corruptos— no han protegido adecuadamente ninguno de los activos críticos nacionales. Hoy el país se encuentra expuesto ante cualquier eventualidad, sea accidental o provocada.
Y es cierto, finalmente, que resulta incomprensible —y hasta negligente— que el Perú no cuente con reservas estratégicas de gas para al menos sesenta días, como ocurre en numerosos países que sí comprenden la importancia de la seguridad energética.
Para colmo de males, la actual primera ministra ha demostrado una desfachatez alarmante al exhibir su absoluta incapacidad para el cargo apenas días después de haber sido nombrada.
La política de la avestruz, esa que consiste en esconder la cabeza frente al peligro, ha reaparecido.
Tal como ocurrió en la pandemia.
El anuncio de que los ciudadanos deben quedarse en casa y paralizar parte del país debido a una supuesta falta de energía para movilizarnos no ha hecho otra cosa que generar pánico innecesario.
Como era previsible, el resultado inmediato ha sido la especulación, el acaparamiento y el incremento de los precios de los combustibles.
Y, como si ello fuera poco, este episodio ocurre en medio de un contexto internacional complejo, con el alza de los combustibles derivada del conflicto en el Medio Oriente.
Pero la pregunta clave es otra:
¿Qué debió hacerse?
Lo primero: tranquilizar a la población.
Y simultáneamente actuar con decisión: adquirir de manera inmediata la energía necesaria para suplir temporalmente la interrupción del gas de Camisea.
Porque, a juzgar por las declaraciones oficiales, pareciera que el gasoducto jamás volverá a funcionar.
Eso es falso.
La reparación del ducto es una obligación contractual de la empresa privada que lo opera. Y esa empresa —que tampoco fue adecuadamente supervisada por el Estado— tendrá que repararlo en 14, 20 o 30 días.
Pero lo reparará.
No hay duda de ello.
Es decir, no existe una crisis energética real.
La única crisis que parece existir está en los atribulados y poco energéticos cerebros de nuestros gobernantes.
Pero el problema no termina allí.
¿Qué han dicho o propuesto la mayoría de nuestros 36 candidatos presidenciales y sus supuestos equipos técnicos frente a esta situación?
Nada.
Silencio absoluto.
Como si también ellos se hubieran quedado sin gas en el cerebro.
Y esa es una pregunta que todos los peruanos deberíamos hacernos:
¿Esta gente pretende gobernar el Perú?
Si ante una contingencia relativamente simple no tienen la menor idea de qué hacer, ¿qué ocurrirá cuando enfrentemos una crisis verdadera?
Más allá de rechazar el “trabajo remoto” —y especialmente la llamada “educación remota”, que ha demostrado ser profundamente perjudicial para el desarrollo de nuestros niños y para la productividad del país—, los peruanos debemos aprovechar este momento para mirarnos en el espejo.
Y hacerlo pensando en el 12 de abril.
Debemos hacer que nuestro voto valga.
No más improvisados.
No más incapaces.
No más habladores ni vocingleros.
No más desconocidos.
No más responsables del caos moral, político y social en el que ha caído el Perú.
Los verdaderos enemigos del país están al acecho.
Allí, en la orilla izquierda, donde el marxismo se disfraza de progresismo y el comunismo se viste con el ropaje de profesor universitario o de falso defensor de los pobres.
Son los mismos que dicen preocuparse por los más necesitados mientras han vivido siempre de ellos.
Los mismos que, no hace mucho, bajo el “amauta” Castillo, terminaron hundiendo aún más al Perú en la pobreza, el desorden y la corrupción.
Y también están aquellos que, desde la supuesta orilla democrática, observan con beneplácito cómo sus propios aliados se despedazan entre sí por ambiciones personales, olvidando que la modestia y la humildad son el primer mandamiento de todo verdadero líder democrático.
Nos queda todavía casi un mes.
Un mes para encontrar la lucidez y la serenidad que tantas veces nos han faltado.
Un mes para reflexionar sobre esta larga década en la que los peruanos, como nación y como electores, nos hemos equivocado una y otra vez.
Porque los pueblos no se hunden solo por culpa de sus malos gobernantes, sino también por la resignación de sus ciudadanos.
Que la falta de gas en el cerebro de quienes hoy nos gobiernan no termine apagando el juicio y la voluntad de los peruanos.
Que el 12 de abril votemos con la cabeza fría, la memoria despierta y el corazón puesto en el Perú.
Que Dios bendiga al Perú y nos ilumine ese día.
Fuente: CanalB
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