Por Augusto Cáceres Viñas, médico y gestor público
He leído el artículo de Carlos Meléndez, “El esquivo sujeto popular”, y debo confesar que encuentro en él un elaborado malabarismo intelectual para llegar a una conclusión bastante discutible: que el castillismo y el fujimorismo constituirían hoy las dos grandes identidades políticas populares del Perú, nacidas ambas —aunque en momentos distintos— de las transformaciones sociales producidas por la reforma agraria y, particularmente, de la conversión de millones de campesinos en pequeños propietarios.
La comparación me parece no solamente reduccionista, sino ociosa y hasta odiosa. Porque para comparar dos fenómenos políticos primero hay que demostrar que ambos existen con una dimensión histórica y social comparable. Y ese parangón, sencillamente, no existe.
El llamado castillismo nació ayer. Pedro Castillo apareció en la política nacional en 2021, obtuvo menos de una quinta parte de los votos en la primera vuelta y terminó convertido en presidente dentro de una elección extraordinariamente fragmentada. Después conocimos al personaje en el ejercicio del poder: un gobierno plagado de graves denuncias de corrupción, una administración caótica y, finalmente, un intento de quebrar el orden constitucional el 7 de diciembre de 2022.
Sin embargo, Castillo ha terminado convertido en una especie de tótem de papel, ídolo de barro e icono victimizante de una izquierda que, ante la ausencia de nuevos referentes populares, pretende levantarlo como portaestandarte de los pobres, de los campesinos y de los excluidos. Castillo como símbolo de reivindicación. Castillo como víctima del sistema. Castillo como expresión de un supuesto Perú profundo.
Pero Castillo nació políticamente ayer.
El fujimorismo, nos guste o no, es otra cosa. Tiene más de treinta y cinco años de existencia, una historia cargada de enormes controversias, graves errores y también logros que modificaron la historia contemporánea del Perú. Alberto Fujimori recibió un país devastado por la hiperinflación y el terrorismo y durante su gobierno se produjo la estabilización económica y la derrota estratégica de Sendero Luminoso. Hubo además una política deliberada de presencia estatal entre los sectores populares. Junto a ello estuvieron el autogolpe de 1992, el autoritarismo, la corrupción y otros hechos que forman igualmente parte de su legado.
Podemos discutir durante décadas el balance histórico de Fujimori. Precisamente porque hay una historia que discutir.
Pretender colocar en la otra orilla a Pedro Castillo como fenómeno equivalente es fabricar una simetría que no existe. Y no porque Fujimori haya sido un gigante político. Es porque, comparativamente, Castillo es una ameba política a la que algunos pretenden convertir retrospectivamente en movimiento histórico.
Pero mi discrepancia principal con Meléndez es todavía más profunda.
Creo que buscamos la explicación de nuestros comportamientos políticos en el lugar equivocado.
El problema fundamental del Perú no está en descubrir si detrás del castillismo existe el pequeño propietario nacido de la reforma agraria o si Cofopri explica la supervivencia electoral del fujimorismo. Esa puede ser una interesante discusión sociológica, pero no explica el fenómeno verdaderamente extraordinario: ¿por qué una sociedad como la peruana toma, una y otra vez, decisiones políticas que terminan perjudicándola?
Para responder esa pregunta tenemos que retroceder mucho más y mirar una realidad bastante menos agradable.
Durante décadas hemos permitido que una proporción enorme de nuestros niños crezca afectada por anemia, desnutrición y pobreza. Al mismo tiempo construimos uno de los sistemas educativos de peores resultados de nuestra región. Durante más de medio siglo, además, el sindicalismo magisterial de raíz marxista adquirió una enorme capacidad de influencia sobre la educación pública y se opuso reiteradamente a la evaluación, la meritocracia y las reformas que pretendían diferenciar al buen maestro del malo.
El resultado está delante de nosotros.
Tenemos generaciones de estudiantes que terminan la secundaria sin comprender adecuadamente lo que leen ni poder resolver problemas que requieren razonamiento elemental. Y cometemos un grave error cuando observamos esas estadísticas como si describieran solamente a los adolescentes que hoy ocupan las aulas.
Los jóvenes mal educados de hace veinte, treinta, cuarenta y cincuenta años somos los adultos del Perú actual.
Son nuestros electores. Nuestros funcionarios. Nuestros policías. Nuestros maestros. Nuestros periodistas. Nuestros dirigentes sindicales. Nuestros congresistas. Nuestros ministros. Nuestros gobernantes.
Naturalmente, haber padecido anemia no determina una determinada conducta política ni haber estudiado en una mala escuela condena individualmente a nadie a tomar malas decisiones. Los seres humanos somos mucho más complejos. Pero negar que décadas de deficiente nutrición infantil, educación mediocre, ausencia de meritocracia docente y bajísimos niveles de comprensión y razonamiento tengan consecuencias colectivas sobre una sociedad sería cerrar los ojos ante una inferencia elemental.
Una democracia no consiste solamente en colocar una cédula dentro de un ánfora.
Exige comprender información, distinguir hechos de propaganda, evaluar alternativas, establecer relaciones entre causas y consecuencias, desconfiar de soluciones milagrosas y comprender que determinadas decisiones que parecen convenientes hoy pueden ser desastrosas mañana. En otras palabras, la calidad de una democracia también depende de las capacidades que una sociedad haya logrado desarrollar en sus ciudadanos.
Y allí puede encontrarse una explicación bastante menos rebuscada de nuestros recurrentes disparates políticos.
No necesitamos inventar un “sujeto popular” castillista surgido de las chacras de la reforma agraria. Quizá necesitamos preguntarnos cómo fue posible que Pedro Castillo llegara a la Presidencia de la República.
Y la respuesta es incómoda.
Castillo no creó el problema. Castillo fue uno de sus síntomas.
Un sistema político destruido, partidos inexistentes, ciudadanos profundamente desconfiados, enormes sectores viviendo en la informalidad, décadas de pobreza y una educación incapaz de proporcionar a millones de personas las herramientas suficientes para desenvolverse en una sociedad cada vez más compleja crearon las condiciones para que un personaje sin las competencias mínimas necesarias para dirigir el Estado pudiera llegar hasta Palacio de Gobierno.
Después vino el relato.
Una parte de la izquierda convirtió su fracaso en martirio. El presidente incompetente pasó a ser representante de los excluidos; el gobernante cuestionado por corrupción, símbolo de los pobres; y quien intentó quebrar el orden constitucional, víctima de una democracia que supuestamente nunca lo aceptó.
Y el relato funciona precisamente porque encuentra terreno fértil.
Este es, probablemente, nuestro verdadero drama nacional. No la existencia de dos grandes corrientes populares enfrentadas, como pretende encontrar Meléndez, sino una gigantesca deuda intelectual y educativa acumulada durante generaciones.
El Perú ha privado a millones de compatriotas no solamente de buenos colegios, adecuada alimentación o buenos profesores. Los ha privado de algo mucho más importante: de una parte de las oportunidades que concede el conocimiento.
Y esa es una forma terrible de pobreza.
Porque el conocimiento permite defenderse. Permite comprender un contrato antes de firmarlo, distinguir una noticia de una mentira, exigir mejores servicios públicos, progresar económicamente y también reconocer al demagogo antes de entregarle el poder.
Quizá allí encontremos una de las razones por las cuales un país extraordinariamente rico en recursos naturales, con una civilización milenaria, una posición geográfica privilegiada y enormes posibilidades económicas continúa tropezando tantas veces con la misma piedra.
Y, sin embargo, aquí seguimos.
No nos hemos hundido.
En 1990 estuvimos muy cerca del abismo. El terrorismo asesinaba peruanos mientras una hiperinflación monstruosa había destruido los salarios, los ahorros y prácticamente toda posibilidad de planificación económica. Cuando el primer ministro Juan Carlos Hurtado Miller anunció el durísimo programa de estabilización que el país tendría que soportar, terminó aquel histórico mensaje con cuatro palabras que quedaron grabadas en la memoria nacional:
“Que Dios nos ayude”.
Y Dios nos ayudó.
O quizá, para quienes prefieran una explicación menos celestial, los peruanos conseguimos ayudarnos a nosotros mismos. Salimos de la hiperinflación, derrotamos estratégicamente al terrorismo, reconstruimos la economía y durante muchos años millones de compatriotas abandonaron la pobreza.
Treinta y seis años después, los nubarrones todavía no terminan de desaparecer y acaso necesitemos volver a pronunciar aquella frase.
Pero esta vez no necesitamos solamente ordenar las cuentas públicas.
Necesitamos que nos ilumine el entendimiento.
A nuestros gobernantes, ciertamente. Pero también a quienes se les oponen y aspiran a reemplazarlos. Porque buena parte de nuestra clase política de izquierda y, en menor medida, de la derecha también, son hijas del mismo desajuste educativo, cultural y cognitivo que el Perú arrastra desde hace generaciones.
Necesitamos reconstruir la educación pública, alimentar adecuadamente a nuestros niños desde sus primeros años, recuperar la meritocracia, seleccionar a los mejores maestros y devolverle al conocimiento el lugar central que jamás debió perder.
Y hacerlo, sobre todo, por los más pobres. Por aquellos compatriotas a quienes durante generaciones el Estado peruano condenó a ser los más desposeídos de la gracia del conocimiento.
Alguna vez se dijo que Dios era peruano.
No sé si será cierto. Pero tenemos ahora una ventaja inesperada: el actual Papa ha reivindicado también su condición de peruano. Podríamos pedirle, entonces, que interceda un poco por nosotros.
Porque si algo demuestra nuestra historia reciente es que somos capaces de salir de situaciones que parecían imposibles.
Hace treinta y seis años dijimos: “Que Dios nos ayude”.
Tal vez sea momento de repetirlo.
¿Dios es peruano?
No lo sé.
Pero, por si acaso, que Dios nos ayude otra vez.
Fuente: CanalB
La exministra de Transportes…
Alfonso Baella Herrera sostuvo…
El abogado penalista Carlos Caro…
La presidenta de la República,…
El Perú se encuentra en el Cinturón…