Chile sin gas tiene 7 gasoductos, 3 mil kilómetros de ductos.
Colombia tiene 4 gasoductos 7.500 kilómetros de ductos, (Gasoducto Ballena, Gasoducto Cusiana, Troncal de TGI, Conexiones regionales).
Argentina 5 gasoductos (GPNK, GNEA, GIJA, RGN Y PFPM).
Bolivia cuenta 4 gasoductos internos y 2 para exportación.
Perú tiene un solo gasoducto y 714 kilómetros de ductos.
El Perú vive una de las paradojas energéticas más absurdas de América Latina, somos un país productor de gas natural desde hace casi tres décadas, gracias al megaproyecto de Proyecto Camisea en el Cusco, pero la propia región donde se extrae ese recurso sigue sin contar con una verdadera masificación del gas, mientras tanto, otros países que ni siquiera poseen grandes reservas han construido redes de gasoductos que integran su territorio, impulsan su industria y abaratan la energía para su población.
El caso peruano es simple y doloroso, el sistema principal está dominado por el Gasoducto de Camisea, operado por Transportadora de Gas del Perú (TGP), esta infraestructura tiene aproximadamente 714 kilómetros de longitud, con dos ductos paralelos que parten desde Malvinas, en Cusco, atraviesan la cordillera y terminan en la costa, en Pisco y Lurín, abasteciendo principalmente a Lima y la costa central, es decir, el gas sale de la selva cusqueña, cruza los Ande pero no se queda en el Cusco.
El resultado es una contradicción evidente, la región que produce el gas no disfruta plenamente de él, durante casi 30 años se han repetido promesas de industrialización, petroquímica y masificación, pero el balance real es que el recurso estratégico termina alimentando el crecimiento energético de la capital.
El contraste con Chile resulta casi irónico, el país vecino no posee grandes reservas de gas natural, pero desarrolló una red de interconexión energética con Argentina entre 1997 y 1999, gasoductos como NorAndino, GasAtacama, GasAndes y el Gasoducto del Pacífico construyeron un sistema de transporte que supera los 3.000 kilómetros de infraestructura, con una capacidad conjunta cercana a 46,7 millones de metros cúbicos diarios, incluso en la zona austral cuentan con ductos como Posesión 1, Posesión 2 y Frontera, consolidando una red energética que conecta regiones y sostiene la actividad industrial.
Es decir, Chile no tiene gas, pero sí tiene gasoductos.
Colombia ofrece otro ejemplo aún más contundente, su red nacional supera los 7.700 kilómetros de gasoductos, articulando los campos productores de La Guajira y los Llanos Orientales con los principales centros de consumo, empresas como Transportadora de Gas Internacional (TGI), Promigas y Transmetano operan múltiples líneas troncales que permiten llevar el gas a gran parte del país, impulsar industrias y abastecer a cientos de miles de vehículos.
En otras palabras, Colombia entendió algo básico, el gas no sirve de nada si no se transporta y se distribuye.
El problema peruano no es geológico ni técnico; es político, durante décadas se postergaron proyectos de integración energética, como el tantas veces anunciado Gasoducto Sur Peruano, que habría llevado el gas a Cusco, Arequipa, Puno, Moquegua y Tacna, abriendo una nueva era industrial en el sur del país.
Así, mientras Chile construyó gasoductos sin tener gas y Colombia expandió su red para integrar su economía, el Perú sigue atrapado en un modelo centralista donde el gas existe, pero no llega a la gente.
Una paradoja que resume perfectamente la tragedia de nuestra planificación energética, un país rico en recursos, pero pobre en decisiones estratégicas.
Por Washington Román Rojas
Fuente: CanalB
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